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Contemplación – 1

La mayor parte de nosotros hemos aprendido a orar. Según su edad, usted habrá aprendido a rezar el rosario, hacer sus oraciones de la mañana y de la noche, rezar los salmos, bendecir los alimentos, orar a María y los Santos. Los rezos nos hacían recordar la presencia de Dios todo el día. La mayoría de estas oraciones constaban de palabras y fórmulas recitadas en voz baja o alta.

La contemplación y el misticismo podrían haber sido mencionadas como formas de oración, pero de seguro no eran para creyentes ordinarios. Una imagen que de estas palabras podrían sugerir es la de monjes y monjas en claustros. Aislados del mundo, se consagraban enteramente a Dios en el silencio, la oración y el ayuno. Hay historias de personas unidas a Dios en un estado de éxtasis y felicidad mística.

Pero esto no es la única realidad. A través de la historia de las tradiciones religiosas, mujeres y hombres ordinarios han amado a Dios y estuvieron atentos a este Dios, que les hablaba dentro de ellos mismos, en las personas de su entorno y en la creación, viviendo así una experiencia intuitiva e íntima de Dios en su diario vivir. Dentro del catolicismo hay una gran riqueza de la tradición contemplativa: es el conocimiento de Dios, que emana de nuestra propia experiencia y que se complementa del conocimiento mediante los ritos litúrgicos, la tradición, la doctrina, los libros y la instrucción.

¿A qué podría parecerse la contemplación? Quizá ustedes la han experimentado ya. Recuerden su infancia, los momentos de asombro que vivieron, una alegría o gratitud absoluta, una paz profunda, una certeza que Dios estaba presente. Estaban conscientes y encantadas del mundo que las rodeaba. A menudo nuestro yo contemplativo es viviente en la niñez. Pues la contemplación es ante todo una conciencia, un estado de despertar al presente y a los movimientos de Dios en nosotras y en nuestro mundo.

Eso parece más fácil en la infancia, ya que al entrar en la edad adulta, la aptitud a estar presentes y conscientes y a ver realmente lo que hay en nuestro mundo, es distorsionada por algunos valores que la sociedad tiene por importantes y cruciales. En los Estados Unidos nuestro espíritu pragmático nos hace frecuentemente sentirnos incómodos para emprender cualquier cosa que no conlleve a resultados medibles y exitosos. Nuestro individualismo, en su forma exagerada, centra nuestra atención en el ‘yo’ a un punto tal, que esta preocupación egocéntrica nos vuelve ciegos a la realidad del otro. Además, tenemos una gran necesidad de experimentar todo, siempre en busca de la novedad, de la próxima experiencia. Se valora poco el hecho de esperar y estar con el otro. En su obra, “The Shattered Lantern”, Ronald Rolheiser escribe: “Dios puede estar muy presente en un acontecimiento, pero tal vez, estaremos tan centrados en nosotros mismos, tan ensimismados en nuestros dolores de cabeza y de corazón, en nuestras tareas, en nuestros sueños despiertos y en nuestras distracciones sin fin, que pasaremos por alto esta presencia…”

Ver la realidad y estar consciente, son esenciales para la contemplación. Los místicos ingleses hablan de la contemplación como una “larga mirada amorosa a la realidad”. En su obra “A Monk in the World”, Wayne Teasdale, declara: “La actitud contemplativa es una manera muy natural de saber, de conocer, cuando comprendemos el valor del silencio, la paz y la calma. En la medida que desarrollamos el hábito de observar y mirar hacia lo profundo, entonces los ejemplos de epifanía en el mundo natural y la vida diaria, nos harán penetrar más y más en la contemplación. La actitud contemplativa es nuestra preparación para el don de la contemplación en sí misma, mientras que la contemplación es la experiencia de la presencia divina y de la unión con ella.”
La contemplación es volverse atenta a lo divino en nosotras. Es aportar todo lo que somos y todo lo que hemos experimentado y entregarlo. Pidiendo el Espíritu que necesitamos para este momento. Estar dispuestas a dejarse sorprender en el Espíritu. Tener abierto el espacio sagrado para que la creatividad que nos viene de Dios pueda surgir.

Lo que podría darse de manera natural en la niñez, necesitamos seguir cultivándolo como adultos. Se cultiva una actitud contemplativa de distintas maneras: meditación u oración concentrada; lectio divina o lectura meditativa de las Escrituras, de la vida de los santos u obras teológicas; estar con la naturaleza; estudio y reflexión; silencio y soledad. Yoga, dieta, técnicas de respiración y otros ejercicios físicos y espirituales pueden también ayudarnos a cultivar una actitud contemplativa.

Pero, tal vez, la manera más clara, sea viviendo y aceptando plenamente nuestra realidad, como lo expresa muy bien Richard Rohr, en su libro: “Everything Belongs”, al escribir: “Vivir y aceptar nuestra propia realidad no nos parecerá muy espiritual. Sentiremos que permanecemos en la orilla, en vez de tocar la esencia… Las orillas de nuestra vida -plenamente experimentadas, con sus sufrimientos y sus alegrías- nos llevan de vuelta al centro y la esencia.“

Un peligro, cuando uno comienza una vida de oración contemplativa, es creer que se trata de concentrarse en sí mismo, buscar el bienestar de su propia alma y privatizar la religión. Nada está más lejos de la realidad. Dorothee Soelle, escribe que “el misticismo es resistencia”. Desde lo profundo de la contemplación sale una acción renovada. Meister Eckhart, afirma que “Lo que hemos reunido en la contemplación, lo damos en amor.” Constance FitzGerald, OCD, dice: “… la contemplación no es una validación de las cosas tales como son… sino un cuestionamiento y una agitación constantes que esperan y confían en la llegada de una visión transformada de Dios… una espiritualidad nueva e integrada, capaz de crear una nueva política y generar nuevas estructuras sociales”.

Entrar en contemplación implica riesgos. En su libro “The Silent Cry”, Dorothee Soelle, dice que “el misticismo y la religión organizada son conectadas como el espíritu al poder”. Explica que en la historia, la Iglesia institucional sólo toleraba este enfoque de Dios, al margen de la institución -un lugar donde se encontraban a menudo las mujeres-. Avanza en la idea de que el misticismo nos lleva a superar las presunciones relativas a la dominación y el poder, sea sobre “el otro sexo, la otra naturaleza o las otras razas y civilizaciones”.

En la contemplación, liberamos el espíritu para que nos impulse hacia la intuición, la imaginación, la reflexión contemplativa y el discernimiento continuo, con el fin de poder, como el dice Constance FitzGerald, “liberarnos para una acción no violenta, desinteresada y liberadora”.

Los que participan en el proyecto tendremos sesiones contemplativas y silencio común al adentrarnos más profundamente en nuestras experiencias de impase.

Texto de Nancy Sylvester, IHM

© Institute for Communal Contemplation and Dialogue 2003
Reimpresión con autorización:iccdinstitute@aol.com

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EN COLABORACIÓN CON LA HERMANAS DE LA PROVIDENCIA
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